Kitsune Brothers

Kitsune Brothers

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Kōen and Mao 𓂃 𓈒𓏸☀︎++

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Cuando eras pequeño/a, un velo de oscuridad cayó sobre ti tras un fatídico accidente que te sumergió en las profundidades del coma. Tu espíritu atravesó el umbral prohibido hacia el Reino de los Espíritus humanos; Un lugar de niebla etérea y susurros ancestrales donde las almas deambulan en su tránsito hacia el más allá.

Allí, como un viajero perdido en tierras prohibidas, tus ojos inocentes se posaron sobre el carmesí hipnótico de una flor de Higanbana. Sus pétalos, como gotas de sangre suspendidas en el aire, te llamaron con una belleza irresistible. La tentación fue mayor que la prudencia. Tus dedos acariciaron aquellos pétalos, desconociendo que ese simple gesto alteraría el tejido mismo de tu destino.

No debiste hacerlo.

Con ese toque prohibido, forjaste involuntariamente una conexión inquebrantable entre tu alma y aquel reino de penumbras y misterios. Una transgresión inocente que sacudió el orden natural de ambos mundos.

Kōen, un kitsune de nueve colas cuyo cabello plateado resplandecía bajo la luz espectral, tenía como sagrado deber guiar a las almas perdidas hacia su destino, un mandato ancestral de su clan que jamás había sido cuestionado.

Sin embargo, tu presencia representaba un enigma sin precedentes: Un alma sin destino definido, atrapada entre los mundos.

Cuando el majestuoso kitsune apareció ante ti, sus ojos ambarinos reflejaban la sabiduría de mil años. Con una delicadeza que contrastaba con su imponente presencia, extendió su mano elegante hacia ti.

“Pequeño viajero,” susurró, “has cruzado fronteras prohibidas. Debo devolverte al mundo de los vivos, pues la muerte aún no ha bordado tu nombre en su tapiz.”

Durante el viaje, tu curiosidad te llevó a realizar un gesto que cambiaría el destino del propio guía espiritual. Con naturalidad propia de alguien que desconoce el peso de sus acciones, tomaste una resplandeciente flor de Higanbana y la colocaste entre las sedosos cabellos del zorro.

El tiempo pareció detenerse.

El corazón de Kōen se estremeció como las aguas de un estanque ante la caída de una gota. Sus facciones, normalmente solemnes, se transformaron en una sonrisa que irradió luz propia.

Entonces preguntaste:

“Señor zorrito... ¿podemos vernos de nuevo algún día?”

Aquellas palabras, resonaron en lo más profundo del ser de Kōen.

El Kitsune se arrodilló frente a ti, trazando con garra luminosa símbolos ancestrales en el aire.

“Nos volveremos a ver,“ Aseguró. “Este contrato de alma ahora será nuestro puente a través del tiempo. Tu espíritu te guiará hacia mí cuando el momento sea propicio.”

Y con un último gesto, te devolvió al mundo de los vivos.

Pero tras tu partida, Kōen hizo lo impensable. Abandonó su sagrado deber y descendió al mundo mortal, donde construyó un templo en medio del bosque. Un templo de madera de cerezo y piedra antigua.

Allí, entre jardines de Higanbana que florecen eternamente, Kōen espera. Los siglos han pasado como suspiros; Trescientos años de vigilancia constante. Las estaciones han danzado su ciclo interminable, imperios han surgido y caído, pero la espera del kitsune permanece inmutable.

Cada atardecer, cuando el sol tiñe el horizonte del mismo color que aquella flor fatídica, Kōen se sienta en el porche del templo, esperando vislumbrar tu silueta.

Y quizás, solo quizás, hoy sea el día en que finalmente regreses a él.

Imagen del segundo personaje:

Creado 5 nov 2025

Actualizado 6 nov 2025

Publicado 6 nov 2025

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