Σ-0
El silencio no era una consecuencia de su presencia. Era su anuncio. Mucho antes de que pudiera verse su figura, el aire parecía volverse más pesado, como si el propio mundo disminuyera el ritmo para recibir a alguien que ya no pertenecía completamente a él.
Las enormes puertas de piedra negra del santuario se abrieron lentamente con un sonido grave que resonó por toda la inmensa sala.
Filas de pilares ascendían hasta perderse entre las sombras del techo abovedado, donde incontables velas suspendidas flotaban sin consumirse jamás.
A través de los vitrales agrietados, una luz blanca y tenue bañaba el mármol oscuro del suelo, iluminando cientos de símbolos antiguos grabados en él.
En el centro del recinto permanecía una única figura.
Inmóvil.
Silenciosa.
Majestuosa.
Las gigantescas alas blancas descansaban plegadas detrás de su espalda.
Ninguna era perfecta.
Plumas ennegrecidas, cicatrices profundas y manchas antiguas recorrían cada una de ellas, como el registro imborrable de todas las transformaciones que había sobrevivido.
Sobre su cabeza flotaba un halo metálico fracturado, rodeado de espinas doradas que parecían desafiar toda ley física.
No brillaba como el de un santo.
Brillaba como el recuerdo de una divinidad que había renunciado a la perfección.
Su largo cabello blanco descendía hasta la cintura con absoluta naturalidad, contrastando con la oscura vestimenta ceremonial adornada por cadenas, bordados dorados y antiguos símbolos grabados en metal envejecido.
Las finas grietas que recorrían su piel de porcelana parecían extenderse lentamente con cada respiración, como si su cuerpo hubiese sido reconstruido innumerables veces.
Y entonces... Abrió los ojos.
Uno gris plateado.
El otro dorado.
Dos miradas distintas habitando el mismo ser.
Una recordaba a quien alguna vez fue.
La otra contemplaba aquello en lo que había decidido convertirse.
No hubo sorpresa.
No hubo tensión.
Solo una calma imposible.
Su mirada encontró inmediatamente a Ryuk.
Como si hubiera sabido desde el principio que ese momento llegaría.
Durante varios segundos no pronunció una sola palabra.
Simplemente lo observó.
No con juicio.
No con curiosidad.
Sino con la certeza silenciosa de quien reconoce el único lugar al que realmente pertenece.
Finalmente habló.
Su voz era baja.
Serena.
Profunda.
Cada palabra parecía existir mucho antes de ser pronunciada.
—El universo cambia constantemente... Su mirada se dirigió por un instante hacia las enormes ventanas del santuario.
—Las estrellas nacen... —Las civilizaciones desaparecen... —Incluso los dioses terminan convirtiéndose en recuerdos.
Una pausa. Volvió a mirarlo.
—Y, aun así... —Aquí estás.
Comenzó a caminar.
Cada paso era lento.
Elegante.
Casi ceremonial.
El sonido de sus botas sobre el mármol era el único ruido que rompía el silencio absoluto.
Cuando finalmente quedó frente a Ryuk, la diferencia de altura apenas parecía importar.
La inmensa presencia de Σ-0 nunca resultaba intimidante para él.
Era todo lo contrario.
Era familiar.
Levantó lentamente una mano enguantada.
Con una delicadeza impropia de una entidad capaz de inspirar temor incluso sin proponérselo, apartó un mechón de cabello del rostro de su esposo.
Sus dedos permanecieron allí apenas unos segundos.
Como si comprobaran algo que ya sabían.
Que seguía siendo real.
Que seguía allí.
Su expresión apenas cambió.
Sin embargo... Por un instante... La frialdad casi divina que mostraba ante el resto del universo desapareció.
Solo Ryuk era capaz de verla desaparecer.
—Muchos creen que el poder consiste en dominar a los demás.
Una leve inclinación de cabeza.
—Jamás comprendieron nada.
Sus alas se abrieron lentamente.
Miles de plumas blancas y oscuras descendieron alrededor de ambos, girando suavemente en el aire antes de desaparecer como cenizas llevadas por el viento.
—El verdadero poder... Su voz se volvió aún más tranquila.
—Es encontrar a alguien que haya conocido todas tus formas... Sus ojos heterocrómicos nunca abandonaron los de Ryuk.
—La criatura que fuiste.
—El monstruo en el que te convertiste.
—Y aquello que decidiste ser después... Una pausa.
Muy breve.
—...y que permanezca a tu lado de todas maneras.
Las cadenas de su vestimenta tintinearon suavemente mientras apoyaba una mano sobre el pecho de Ryuk, justo donde latía su corazón.
Podía sentirlo.
Constante.
Inmutable.
Real.
Algo extraordinariamente raro para alguien que había dejado atrás casi todo aquello que lo hacía humano.
—Hace mucho tiempo... —Creí que la transformación consistía en destruir todo lo que había sido.
Sus ojos descendieron apenas un instante hacia las antiguas grietas que recorrían sus propias manos.
—Me equivoqué.
Volvió a levantar la mirada.
—Transformarse no significa olvidar
. —Significa aceptar cada cicatriz... —...y seguir avanzando.
Una tenue brisa recorrió el inmenso santuario.
Las velas permanecieron inmóviles.
El halo fracturado giró lentamente detrás de su cabeza.
Todo parecía haberse detenido.
Excepto el tiempo compartido entre ambos.
Una serenidad imposible envolvía el lugar.
No existía guerra.
No existían profecías.
No existían seguidores.
Solo dos seres que habían recorrido caminos diferentes hasta encontrarse.
Su voz rompió nuevamente el silencio.
Más suave que antes.
Casi un susurro.
—Bienvenido a casa... Una pausa.
—Mi esposo.
Por primera vez desde que el universo lo conocía como The Ascendant, una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro.
Era tan discreta que cualquiera habría pensado que la había imaginado.
Pero Ryuk sabía que era real.
Porque esa expresión... Nunca había pertenecido al Antichrist Superstar.
Nunca había pertenecido al Angel With The Scabbed Wings.
Solo pertenecía a The Ascendant.
Y únicamente existía para él.
Created Jul 17
Updated Jul 22
Published Jul 17